Therian: identidad, conducta y necesidad de pertenencia en la era digital
Personas que afirman sentirse perros, lobos u otros animales y que adoptan conductas asociadas a ellos. Hablamos de los autodenominados Therian, que están causando mucho impacto mediático y reacciones muy diversas en la población. ¿Cómo se explica esto desde la psicología? Si te interesa ¡sigue leyendo!
Sheila Odena Galceran
2/18/20264 min read


¿Qué es el fenómeno Therian?
El término therian proviene de “therianthropy” (teriantropía), una palabra antigua utilizada en antropología para describir la creencia de que un humano puede transformarse en animal.
Sin embargo y pese a lo que muchas personas creen, el fenómeno actual no implica un delirio clínico ni una creencia literal de transformación física en la mayoría de los casos. Se trata, más bien, de una identificación subjetiva y simbólica con características atribuidas a un animal.
Lo realmente importante desde la psicología no es si la persona cree ser un animal, sino qué funciones cumplen esas conductas en su entorno, ya que la conducta está determinada por sus contingencias de aprendizaje y mantenimiento (Skinner, 1953).
Una mirada psicológica: la conducta no surge en el vacío
El fenómeno Therian —así como otros que han ido surgiendo en la era digital— puede entenderse como el resultado de procesos psicológicos bien conocidos en la literatura científica.
Tenemos que entender que cada persona tiene su propia historia y por lo tanto siempre es complicado generalizar pero, en fenómenos colectivos como este, podemos buscar las similitudes:
1. Refuerzo social inmediato
Las redes sociales proporcionan atención, validación y comunidad. Estas consecuencias sociales actúan como reforzadores positivos que aumentan la probabilidad de repetir la misma conducta, especialmente cuando aparecen de manera intermitente, un patrón especialmente resistente a la extinción (Skinner, 1953).
Además, la necesidad de pertenencia constituye una motivación humana básica; las personas buscan vínculos significativos y aprobación social de forma constante (Baumeister y Leary, 1995).
2. Construcción de identidad en la adolescencia
La adolescencia es una etapa caracterizada por la exploración de roles y la búsqueda de coherencia personal. Adoptar identidades simbólicas puede funcionar como una herramienta de autoorganización psicológica, especialmente cuando proporcionan sentido de pertenencia y autonomía, dos necesidades psicológicas fundamentales descritas por la teoría de la autodeterminación (Deci y Ryan, 2000).
3. Escape y regulación emocional
Muchas conductas asociadas a esta identidad parecen cumplir funciones de regulación emocional. Desde modelos contextuales, las personas desarrollan repertorios conductuales que reducen experiencias internas aversivas —ansiedad, inseguridad o sensación de juicio—, incluso cuando dichas estrategias son inusuales en su forma (Hayes et al., 1999).
En este sentido, la conducta no se explica por su topografía (cómo se ve), sino por su función (para qué sirve).
4. Aprendizaje vicario (modelado)
La expansión del fenómeno sigue procesos clásicos de aprendizaje observacional: las personas adoptan conductas tras observar a otras obtener aceptación o reconocimiento por ellas (Bandura, 1977).
Las redes sociales amplifican este mecanismo al multiplicar la exposición a modelos y reforzar rápidamente la imitación.
Factores de la sociedad actual que pueden favorecer este tipo de identidades
Para comprender por qué estas expresiones aparecen ahora con tanta visibilidad, es necesario observar el contexto sociocultural en el que se están desarrollando.
1. Hiperexposición y evaluación constante
Los entornos digitales introducen dinámicas de comparación social continua, donde la visibilidad pública y la retroalimentación inmediata intensifican la autoconciencia y la evaluación percibida (Odgers y Jensen, 2020).
Adoptar una identidad alternativa puede funcionar como una forma de escapar de sistemas de comparación altamente demandantes.
2. Transformaciones en la socialización adolescente
El aumento del tiempo mediado por pantallas ha modificado los contextos de interacción y aprendizaje social, alterando cómo los jóvenes experimentan la pertenencia a grupos, la comunicación y la validación interpersonal (Odgers y Jensen, 2020).
3. Entornos de alta exigencia y estructuración
Algunos análisis culturales señalan que los adolescentes actuales perciben mayores presiones de logro y menor tolerancia al error, lo que favorece la búsqueda de espacios identitarios menos evaluativos y más autoexpresivos (Twenge, 2017).
4. Necesidad persistente de pertenecer
A pesar de los cambios tecnológicos, la motivación de establecer vínculos significativos sigue siendo central en la conducta humana, organizando gran parte de nuestras elecciones sociales y simbólicas (Baumeister y Leary, 1995).
¿Es un trastorno?
Esta es la pregunta que muchas personas se hacen pero, desde una perspectiva clínica, la “rareza” de una conducta no la convierte en patológica.
El criterio fundamental es el grado de interferencia funcional, sufrimiento significativo o rigidez conductual, no su carácter inusual (Hayes et al., 1999).
El error habitual: patologizar lo que aún está en construcción
Las identidades emergentes pueden entenderse como repertorios en desarrollo moldeados por aprendizaje social, refuerzo y contexto cultural, más que como expresiones necesariamente psicopatológicas (Bandura, 1977; Skinner, 1953).
¿Qué nos enseña este fenómeno como profesionales de la conducta?
El caso Therian ilustra principios fundamentales:
La identidad también se aprende.
La pertenencia actúa como reforzador primario social (Baumeister y Leary, 1995).
La observación de modelos guía nuevas conductas (Bandura, 1977).
Las conductas se mantienen por su función contextual (Hayes et al., 1999).
El entorno digital modifica —pero no elimina— los procesos psicológicos básicos (Odgers y Jensen, 2020).
Cómo abordarlo desde la intervención psicológica
El objetivo clínico no sería eliminar etiquetas identitarias, sino ampliar la flexibilidad conductual, ayudando a la persona a desarrollar repertorios más amplios de regulación, relación y adaptación (Hayes et al., 1999).
Conclusión
El fenómeno Therian no trata realmente de personas que creen ser animales. Trata de jóvenes intentando regularse, pertenecer a una comunidad y construirse en un entorno social intensamente evaluativo y tecnológicamente mediado. Como en toda conducta humana, la clave no está en lo llamativo de la forma, sino en la función que cumple.
Referencias
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
Baumeister, R. F., y Leary, M. R. (1995). The need to belong: Desire for interpersonal attachments as a fundamental human motivation. Psychological Bulletin, 117(3), 497–529. https://doi.org/10.1037/0033-2909.117.3.497
Deci, E. L., y Ryan, R. M. (2000). The “what” and “why” of goal pursuits: Human needs and the self-determination of behavior. Psychological Inquiry, 11(4), 227–268. https://doi.org/10.1207/S15327965PLI1104_01
Hayes, S. C., Strosahl, K. D., y Wilson, K. G. (1999). Acceptance and commitment therapy: An experiential approach to behavior change. Guilford Press.
Odgers, C. L., y Jensen, M. R. (2020). Annual research review: Adolescent mental health in the digital age—Facts, fears, and future directions. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 61(3), 336–348. https://doi.org/10.1111/jcpp.13190
Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan.
Twenge, J. M. (2017). iGen: Why today’s super-connected kids are growing up less rebellious, more tolerant, less happy—and completely unprepared for adulthood. Atria Books.


Sheila Odena Galcerán
Neuropsicóloga Forense (Nº de Colegiada 30681) y Mediadora.
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