La frontera entre el bien y el mal: ¿puede la neuriopsicología redefinirla?

La distinción entre el bien y el mal es un asunto de interés para la filosofía, la ética, pero también para la neuropsicología. Explorando los mecanismos cerebrales que influyen en nuestras decisiones morales buscamos comprender cómo las alteraciones cerebrales, junto con factores psicológicos y ambientales, afectan la conducta, la emoción y el juicio moral.

Sheila Odena Galceran

7/1/20265 min read

Yellow caution tape with "do not cross" text.
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Más allá del cerebro: la mente en su contexto

Los avances en neuropsicología identificaron ya hace tiempo algunas áreas cerebrales implicadas en el juicio ético, como la corteza prefrontal ventromedial, la amígdala y la ínsula (Greene et al., 2001; Moll et al., 2005). Estas regiones participan en el procesamiento de emociones, la empatía y el razonamiento ético.

Sin embargo, la actividad cerebral no explica por sí sola el comportamiento moral. Como señala Damasio (2018), el cerebro es una estructura necesaria para la mente, pero no suficiente para entenderla. Las decisiones morales se configuran en interacción con la historia vital de la persona, su entorno social y sus aprendizajes emocionales.

En otras palabras, la neuropsicología forense no estudia cerebros, sino personas: seres humanos con contextos, historias y experiencias que modulan su comportamiento.

En la neurociencia contemporánea, además, se ha consolidado la idea de que no existen “centros morales” aislados, sino redes funcionales distribuidas que integran información emocional, cognitiva y social en tiempo real. Modelos actuales como la cognición predictiva proponen que el cerebro no “responde” simplemente a dilemas morales, sino que predice consecuencias, simula escenarios y ajusta la conducta en función de errores de predicción social y afectiva (Friston, 2010; Clark, 2013). Desde esta perspectiva, el juicio moral no es un cálculo estático, sino un proceso dinámico de actualización constante.

¿Dónde está la frontera entre el bien y el mal?

La neurociencia ha identificado que las decisiones morales activan distintos sistemas cerebrales según el tipo de dilema:

  • Los dilemas personales, que implican daño directo, generan mayor activación emocional.

  • Los dilemas impersonales, más abstractos, involucran redes de razonamiento y control cognitivo (Greene et al., 2004).

Estos hallazgos han llevado a algunos autores a proponer que el “bien” y el “mal” son construcciones dinámicas derivadas del funcionamiento de nuestros sistemas emocionales y sociales (Moll y de Oliveira-Souza, 2007).

Sin embargo, la evidencia más reciente matiza esta dicotomía. Estudios de neuroimagen funcional sugieren que ambos tipos de dilemas reclutan simultáneamente sistemas emocionales y ejecutivos, aunque con distinto peso relativo según el contexto. Es decir, no hay una separación estricta entre emoción y razón en la moralidad, sino un acoplamiento funcional flexible entre redes de saliencia, control ejecutivo y teoría de la mente.

Además, investigaciones en neurociencia social han reforzado la idea de que la moralidad depende en gran medida de procesos de mentalización y atribución de intenciones, más que de la simple evaluación del daño objetivo. Esto desplaza el foco desde el acto hacia la interpretación del agente.

Sin embargo, reducir la moralidad a procesos neuronales ignora el papel de la cultura, la educación y la experiencia. La neuropsicología contemporánea, en cambio, busca integrar estas variables para comprender por qué y cómo un individuo actúa de determinada manera en un contexto determinado.

Factores que moldean la conducta moral

La frontera entre el bien y el mal podría estar en la interacción entre distintos factores:

Factores biológicos: disfunciones en la corteza orbitofrontal o alteraciones en neurotransmisores pueden disminuir el control de impulsos o la empatía (Raine, 2013). Además, la investigación actual incorpora el papel de la conectividad funcional entre redes fronto-límbicas, más que lesiones focales aisladas, como predictor más preciso de conductas antisociales.

Factores psicológicos: experiencias tempranas o trastornos de personalidad pueden modular la percepción de las normas morales (Blair, 2008). A ello se añade la evidencia sobre aprendizaje asociativo y condicionamiento emocional, donde la moralidad se adquiere parcialmente como un sistema de predicción de recompensa/castigo social.

Factores contextuales: pobreza, violencia, exclusión o modelos de comportamiento influyen en la toma de decisiones y en la conducta social (Anderson et al., 2019). La neurociencia actual añade que estos factores no solo “influyen”, sino que pueden modificar de forma duradera la arquitectura funcional del cerebro mediante mecanismos de plasticidad sináptica y epigenética conductual.

Hacia una comprensión más humana de la moral

La neurociencia no destruye la moralidad, sino que la humaniza. Comprender cómo el cerebro participa en la toma de decisiones no implica negar la libertad o la responsabilidad, sino reconocer que la conducta moral emerge de una red compleja de factores biológicos, emocionales y sociales.

Desde la psicología y la neuropsicología forense, esto implica pasar de la simple culpabilidad al entendimiento: analizar las causas y condiciones que facilitan o inhiben el comportamiento que se considera ético.

En este marco, la responsabilidad no desaparece, pero sí se redefine: no como atributo binario, sino como grado de capacidad de regulación, anticipación de consecuencias y comprensión de normas en un contexto concreto.

Conclusión

Tal vez la neuropsicología no pueda redefinir la frontera entre el bien y el mal, pero sí ampliarla. Nos invita a entender que la moralidad no surge de una región del cerebro y tampoco de un acto puntual, sino de la interacción entre la biología y el contexto social.

La evidencia actual refuerza una idea central: la moralidad es un fenómeno emergente, distribuido y altamente sensible al contexto, donde cerebro, cuerpo y entorno forman un sistema integrado de regulación conductual.

Integrar la dimensión conductual, cognitiva y ambiental de cada persona nos recuerda que el comportamiento humano es siempre más que sus neuronas o sus actos por separado.

Referencias

Anderson, C. A., Bushman, B. J., y Groom, R. W. (2019). Violent video games and real-world violence: Rethinking the debate. Perspectives on Psychological Science, 14(4), 605–608. https://doi.org/10.1177/1745691619863800

Blair, R. J. R. (2008). The amygdala and ventromedial prefrontal cortex in morality and psychopathy. Trends in Cognitive Sciences, 12(9), 387–392. https://doi.org/10.1016/j.tics.2008.07.003

Clark, A. (2013). Whatever next? Predictive brains, situated agents, and the future of cognitive science.

Damasio, A. (2018). El extraño orden de las cosas: La vida, los sentimientos y la creación de las culturas. Destino.

Friston, K. (2010). The free-energy principle: a unified brain theory?

Greene, J. D., Sommerville, R. B., Nystrom, L. E., Darley, J. M., y Cohen, J. D. (2001). An fMRI investigation of emotional engagement in moral judgment. Science, 293(5537), 2105–2108. https://doi.org/10.1126/science.1062872

Greene, J. D., Nystrom, L. E., Engell, A. D., Darley, J. M., y Cohen, J. D. (2004). The neural bases of cognitive conflict and control in moral judgment. Neuron, 44(2), 389–400. https://doi.org/10.1016/j.neuron.2004.09.027

Moll, J., de Oliveira-Souza, R., y Eslinger, P. J. (2005). Morals and the human brain: A working model. Neuroreport, 16(16), 171–174. https://doi.org/10.1097/00001756-200512010-00003

Moll, J., y de Oliveira-Souza, R. (2007). Moral judgments, emotions and the utilitarian brain. Trends in Cognitive Sciences, 11(8), 319–321. https://doi.org/10.1016/j.tics.2007.06.001

Raine, A. (2013). The anatomy of violence: The biological roots of crime. Vintage.

Sheila Odena Galcerán

Neuropsicóloga Forense (Nº de Colegiada 30681) y Mediadora.

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