Cuando la conducta funciona como refugio

Cuando observamos comportamientos ajenos, nos centramos en analizar su significado social. Sin embargo, desde la psicología, las conductas no se explican tanto por lo que representan sino por la función emocional que cumplen. Si quieres saber cómo podemos cambiar ese enfoque para comprenderlas mejor ¡sigue leyendo!

Sheila Odena Galceran

3/18/20263 min read

woman sitting on sand field
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La conducta como estrategia de regulación

Los humanos desarrollamos repertorios de conductas que nos permiten modular nuestras experiencias internas difíciles, como ansiedad, sensación de rechazo, inseguridad o falta de control.

Estas estrategias pueden ser o conscientes o no, y no siempre se muestran a primera vista como lo que son: regulación emocional. A veces aparecen como estilos de vida, identidades o patrones relacionales.

Pese a esto, la conducta se entiende como una forma de interactuar con la experiencia interna, intentando reducir aquello que resulta aversivo (Hayes et al., 1999).

El alivio a corto plazo como mantenedor

Muchas estrategias funcionan porque producen alivio inmediato. Ese alivio actúa como reforzador negativo: disminuye el malestar y por eso aumenta la probabilidad de repetir la conducta.

El problema aparece cuando la estrategia reduce el malestar momentáneamente pero limita el desarrollo de habilidades más amplias de afrontamiento y, por lo tanto, dificulta el bienestar a largo plazo.

Funciona, pero ¿ayuda a largo plazo?

Una conducta puede ser comprensible y funcional en un momento determinado, pero volverse restrictiva si se convierte en la única forma de manejar la experiencia emocional.

Por ejemplo: Imaginemos que una persona está en el trabajo y recibe una crítica injusta de su jefe. Siente mucha rabia, pero decide no expresarla en ese momento y mantener la calma para evitar un conflicto con consecuencias laborales. En ese contexto, inhibir la emoción es una estrategia adaptativa. Pero, si esa persona aprende que la única forma de manejar emociones como la rabia, la tristeza o la frustración es reprimirlas siempre, puede empezar a no expresar nunca lo que siente, ni siquiera con amigos, pareja o en contextos seguros.

Con el tiempo esto puede generar:

  • Acumulación de malestar.

  • Dificultad para identificar emociones.

  • Distancia en las relaciones.

  • Estallidos emocionales ocasionales.

La intervención psicológica no busca eliminar estas estrategias de forma directa, sino ampliar la flexibilidad conductual para que la persona tenga más recursos adaptativos. El objetivo es minimizar el malestar a largo plazo, no eliminar cualquier malestar actual.

Comprender antes que juzgar

Cuando analizamos la conducta desde su función reguladora, desaparece la necesidad de interpretarla como algo irracional. Muchas veces estamos observando intentos legítimos —aunque limitados— de adaptación psicológica.

Otro ejemplo puede observarse en la dedicación al cuidado estético o al uso de cosméticos. Cuidar la propia imagen puede ser una forma saludable de regulación emocional: el ritual de cuidado, la sensación de control o la mejora percibida de la apariencia pueden aumentar el bienestar y la autoestima. Sin embargo, cuando esta práctica se convierte en la principal forma de manejar la inseguridad, volviéndonos dependientes o aumentando la necesidad de validación, puede empezar a limitar otras formas más amplias de afrontamiento emocional. Por lo tanto, si vemos a una persona muy centrada en mejorar o modificar su apariencia, quizás no se trate de alguien demasiado superficial, sino de alguien que ha encontrado en ese ámbito la forma de autorregularse.

A veces tachamos de obsesivas algunas conductas mientras ignoramos que nuestros propios rituales tienen la misma función regulatoria, solo que en nuestra mente estos si tienen justificación o son más “normales”.

Conclusión

Algunas conductas que parecen identitarias o simbólicas cumplen, en realidad, una función básica de regulación emocional. Entender este proceso permite intervenir con mayor precisión y menos juicio, ayudando a la persona a desarrollar repertorios más amplios y flexibles.

Referencias

Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (1999). Acceptance and commitment therapy: An experiential approach to behavior change. Guilford Press.

Sheila Odena Galcerán

Neuropsicóloga Forense (Nº de Colegiada 30681) y Mediadora.