Cuando el amor se vuelve oscuro: hibristofilia y la atracción por el peligro

Dicen que el amor es ciego, pero en algunos casos también parece arriesgado, transgresor e incluso peligroso. La hibristofilia es una parafilia caracterizada por la atracción hacia personas que cometen delitos. Si también desafía tu comprensión y quieres saber cómo la cultura, biología y psicología consiguen romantizarlo ¡sigue leyendo!

Sheila Odena Galceran

4/8/20264 min read

¿Qué es la hibristofilia?

El término hibristofilia proviene del griego hybris (“ultraje, exceso”) y philia (“amor o atracción”). Fue descrito por primera vez por el sexólogo John Money en 1950 para referirse a una atracción sexual o emocional hacia individuos que han cometido actos criminales, especialmente violentos (Money, 1986).

La hibristofilia puede manifestarse de dos formas (Meloy, 1998):

  • Pasiva, cuando la persona se siente atraída por el criminal sin participar en sus delitos.

  • Activa, cuando además colabora o participa en los actos ilícitos, como ocurrió en la célebre pareja Bonnie y Clyde.

¿Qué explica esta atracción?

La psicología forense busca el orígen de la hibristofilia en la mezcla de factores emocionales, cognitivos y culturales.

Algunas hipótesis hablan de mecanismos de apego disfuncional, donde la atracción se asocia al control, la dominación o la promesa de redención del otro (Meloy, 1998).

Otros modelos destacan el componente emocional-adictivo de las relaciones con personalidades antisociales: el riesgo y la intensidad se confunden con pasión y deseo (Palermo y Knudten, 1994).

El criminólogo Vicente Garrido (2022) explica en Criminal Mente que la fascinación por el mal responde a una “seducción de lo prohibido”: el criminal despierta una curiosidad morbosa porque encarna el extremo opuesto del orden y la moralidad. Desde esta óptica, la atracción hacia delincuentes puede ser entendida como una proyección inconsciente de poder o rebeldía frente a lo socialmente aceptado.

La cultura también enseña a amar al agresor

Más allá de lo biológico, es fundamental reconocer el componente cultural de este fenómeno.

Desde la infancia, muchas personas —sobre todo mujeres— crecen expuestas a narrativas que romantizan la violencia, el control o la redención del “hombre malo”.
Historias como La Bella y la Bestia, Crepúsculo o 50 sombras de Grey refuerzan la idea de que el amor verdadero puede transformar al agresor, y que la ternura femenina tiene un
poder redentor sobre la violencia masculina.

Estas representaciones no generan hibristofilia por sí solas, pero sí contribuyen a normalizar vínculos desiguales donde el peligro, el control o el sufrimiento se asocian con intensidad emocional. Como explica Garrido (2022), los criminales carismáticos utilizan estas mismas narrativas para manipular y seducir, explotando la empatía o el deseo de “salvarlos”.

Es decir, que estas mujeres pueden llegar a sentirse especiales por recibir la ternura de una persona antisocial, normalizan actitudes controladoras confundiéndolas con un mayor indicativo de amor y llegan a sentirse en la obligación de procurar que él cambie gracias a su amor y comprensión.

¿Natural o aprendido?

Es aquí donde surge el debate clave:

¿La hibristofilia es un fenómeno innato —una respuesta evolutiva hacia figuras poderosas o dominantes— o culturalmente aprendido a través de los modelos románticos y mediáticos?

  • Desde una perspectiva biológica, algunos autores han propuesto que las mujeres podrían sentirse atraídas inconscientemente por señales de poder, riesgo o dominancia, interpretadas como indicadores de protección o supervivencia (Campbell, 2002).

  • Pero desde una visión cultural y social, es evidente que las normas de género influyen: se enseña a las mujeres a ser comprensivas, maternales y a “curar” al hombre dañado, mientras que a los hombres rara vez se les inculca amar a quien los hiere.

La hibristofilia, por tanto, parece ubicarse en la frontera entre lo instintivo y lo aprendido, entre la biología y la narrativa social.

Cuando el amor cruza la línea

Casos mediáticos como los de Ted Bundy, Richard Ramírez o Charles Manson ilustran este fenómeno: todos recibieron cartas de admiradoras, e incluso propuestas de matrimonio, durante su encarcelamiento.

Muchas de sus seguidoras afirmaban ver en ellos al “hombre sensible que nadie comprendió”, lo que coincide con patrones de idealización y negación del peligro típicos de la hibristofilia pasiva (Schmid, 2005).

En otros casos, como el de Bonnie Parker, la atracción se funde con la participación activa en el crimen: el amor y la transgresión se vuelven indistinguibles.

Conclusión

Más allá de lo biológico o cultural, la hibristofilia nos obliga a replantear los límites entre el amor y la autodestrucción emocional. También nos revela la necesidad humana de comprender el mal y domesticarlo. Finalmente, nos advierte sobre cómo los discursos sociales moldean la forma en que amamos y a quién elegimos amar.

Quizás la verdadera pregunta no sea por qué algunas personas sienten atracción por criminales sino por qué nuestra cultura sigue celebrando historias donde el amor femenino se mide por su capacidad de salvar y redimir al agresor.

Referencias

Campbell, A. (2002). A mind of her own: The evolutionary psychology of women. Oxford University Press.

Garrido, V. (2022). Criminal Mente: Qué nos lleva a matar. Ariel.

Meloy, J. R. (1998). The psychology of stalking: Clinical and forensic perspectives. Academic Press.

Money, J. (1986). Lovemaps: Clinical concepts of sexual/erotic health and pathology, paraphilia, and gender transposition in childhood, adolescence, and maturity. Irvington.

Palermo, G. B., y Knudten, R. D. (1994). Murderers and their victims. Charles C Thomas Publisher.

Schmid, D. (2005). Natural born celebrities: Serial killers in American culture. University of Chicago Press.


Sheila Odena Galcerán

Neuropsicóloga Forense (Nº de Colegiada 30681) y Mediadora.